(
Hearing Impairment: Kristin's Story
)
Cuando tenÃa 18 meses, me diagnosticaron sordera neurosensorial
bilateral de grado moderado a grave. En otras palabras, soy
parcialmente sorda de ambos oÃdos. Hace 17 años que utilizo
audÃfonos en un mundo convencional. Sin embargo, he recorrido un
largo camino para llegar adonde me encuentro hoy.
El colegio, las amistades y los complejos
Cuando tenÃa dos años y medio, fui a mi primer dÃa de preescolar
en un pequeño autobús amarillo. La mayorÃa de los niños de mi edad
estaban tan felices en casa mirando
Plaza Sésamo
. Pero como yo tenÃa una deficiencia auditiva, mis padres creyeron
que el programa de intervención temprana serÃa la mejor opción. De
modo que asistà a un colegio para sordos durante los primeros años
de mi infancia.
Me fue tan bien que los maestros decidieron que podÃa
enfrentarme a un nuevo desafÃo: varias clases al dÃa en un colegio
público de primaria normal. Allà también me fue estupendamente y
mis padres y maestros consideraron que ya estaba lista para lo
convencional (asistir a un colegio normal y al curso
correspondiente a mi edad). Mis padres decidieron que lo mejor para
mà serÃa un colegio privado y dedicaron mucho tiempo a conocer
diferentes colegios, teniendo en cuenta cosas que a la mayorÃa de
los padres ni se les ocurrirÃa. Por ejemplo, era importante que el
piso del colegio estuviera alfombrado en lugar de tener baldosas
para que los sonidos no hicieran eco y me confundieran.
TodavÃa recuerdo el dÃa en que conocà a mi nueva maestra. Usaba
grandes lentes y tenÃa una sonrisa blanca y radiante, y me dio la
bienvenida con los brazos abiertos. Me dijo lo emocionada que
estaba de tenerme en su clase. Comencé el jardÃn de infancia a los
cuatro años y medio.
La verdad es que no sabÃa que tenÃa una discapacidad hasta que
llegué al nuevo colegio y vi a todos esos niños sin audÃfonos ni
sistemas FM. Fue la primera vez que me sentà avergonzada de tener
una deficiencia auditiva porque no era como los demás.
Cada vez que un compañero me preguntaba acerca de "la cosa
en mi oÃdo", me disgustaba y salÃa corriendo. Mi madre se dio
cuenta de que me resultaba difÃcil explicar mi situación a los
demás niños y decidió hacer algo al respecto. Lo arregló todo para
que un orador viniera a mi clase y hablara con los niños acerca de
las deficiencias auditivas. Sé que eso ayudó a los niños a
comprender, porque con el tiempo comencé a hacer amigos. Creo que
sólo tenÃan miedo de hablarme porque no tenÃan ni idea de lo que
era un audÃfono. ¡A lo mejor pensaban que yo era un extraterrestre
o algo parecido!
Resultó que mi sistema FM también ayudó a los demás niños. El
aparato, que yo llevaba alrededor de la cintura unido a los dos
cables del molde auricular, estaba conectado a un micrófono
inalámbrico que llevaban mis maestros. Una de las maestras solÃa
olvidarse de apagar el micrófono cuando se marchaba de clase. Por
supuesto, cuando se iba nos alborotábamos, pero como yo aún la oÃa,
podÃa alertar a todos cuando volvÃa. Siempre nos encontraba a todos
sentados en nuestras sillas con las manos juntitas. Probablemente
por eso éramos la única clase que tenÃa un número inusualmente
elevado de estrellas doradas en la gráfica de buen comportamiento.
No sólo eso, ¡también podÃa escuchar todo lo que la maestra decÃa
en la sala de profesores al otro lado del colegio! No creo haberle
dicho nada de ese detallito hasta que terminó el año escolar.
Cuando comencé sexto grado, empecé a sentirme cada vez más
acomplejada por la deficiencia auditiva que tenÃa. Mi sistema FM ya
no estaba tan padre y no era divertido ir al logopeda tres veces
por semana. Como habÃa nacido con el paladar hendido, tenÃa que
esforzarme más para desarrollar mis habilidades orales. Realmente
sentÃa que mis compañeros pensaban que era retrasada. No me gustaba
sentirme diferente, de modo que le hice varios berrinches a mis
padres hasta que terminaron por permitirme usar sólo los audÃfonos
y cancelar las sesiones de logopedia. Me sentà tan aliviada de que
por fin se hubieran acabado.
CirugÃas, cirugÃas y más cirugÃas
Siempre he sido propensa a las infecciones de oÃdo y tuve una
muy seria en cuarto grado. La infección fue tan grave que requerÃa
hospitalización, pero mis padres creyeron que internarme serÃa
perjudicial para mi educación. De modo que hicieron llevar todos
los materiales médicos necesarios a casa y mi mamá hizo de
enfermera.
Como necesitaba antibióticos intravenosos para tratar la
infección, en el hospital me colocaron una aguja intravenosa en el
brazo. Estaba conectada a un monitor que llevaba en la cintura.
TenÃa el tamaño aproximado de una riñonera y lo odiaba a muerte.
Además de sentirme acomplejada, ahora tenÃa que caminar con ese
bulto en el cuerpo. Tuve la suerte de que mis profesores y algunos
de mis compañeros comprendÃan mi situación; de otro modo, hubiera
pasado por un momento emocional muy duro.
Me han operado los oÃdos unas 15 veces desde que nacÃ. Muchas de
las operaciones han sido para sustituir algún tubito y ayudar a
drenar mis oÃdos. Hasta tiene algo de gracia lo unida que estoy a
algunos médicos y enfermeros del departamento quirúrgico del
hospital. Es similar al vÃnculo que sienten los deportistas con sus
entrenadores; en mi caso, son los médicos y enfermeros los que me
aconsejan y animan.
La operación más reciente fue una
timpanoplastia
, que es un procedimiento que se realiza para recomponer un agujero
en la membrana timpánica (tÃmpano). Mi médico recompuso el tÃmpano
con un injerto de piel de la parte interna de mi oÃdo. En cuanto me
desperté de la anestesia pude oÃr a mis padres y a los enfermeros
sin el audÃfono; fue un momento increÃble. Me imagino que la
felicidad que expresaba mi rostro después de la cirugÃa fue una
verdadera recompensa para el médico.
Irónicamente, uno de los efectos colaterales que experimento
cuando me despierto de la anestesia es el llanto. Después de la
timpanoplastia, mi nueva habilidad auditiva convirtió ese llanto en
uno de los más extraños que he tenido. Ese mismo dÃa, durante la
cena, mi papa se cubrió los labios con una servilleta (para que yo
no pudiera leerlos) y dijo algo. Lo repetà sin ningún problema. La
cirugÃa también me permitió meterme por primera vez en el agua (la
ducha, la tina y la piscina) sin tapones. Los tapones también
constituÃan un problema para mÃ, porque no me gustaba que la gente
se quedara mirándome fijamente cuando iba a la piscina.
Cuidado con lo que dices… ¡Puedo verlo!
Si bien podÃa oÃr mejor sin mi audÃfono después de la
timpanoplastia, el aumento de volumen fue suficiente para que oyera
las voces más altas, pero no murmullos o tonos bajos. De modo que
todavÃa dependo de otras dos formas de comunicación: un audÃfono y
la lectura labial.
El audÃfono me permite distinguir sonidos con más claridad. ¡Y
ahora soy realmente buena leyendo los labios de las personas! Es
una técnica que adopté a muy temprana edad y que usaré el resto de
mi vida, independientemente de mi capacidad auditiva. Mis amigos
todavÃa no entienden cómo puedo observar a personas conversando en
la otra punta de la habitación y comprender lo que dicen.
Cuando necesito oÃr sonidos que no sean conversaciones o
necesito estar segura de que oigo cada palabra que se dice, dependo
de mi audÃfono. Si no puedo comprender una palabra de inmediato,
repaso las palabras que suenan similares hasta que alguna encaja en
el contexto de la conversación. Pruebo con eso antes de pedirle a
la persona que repita lo que ha dicho. De otro modo, serÃa muy
frustrante mantener una conversación conmigo. A menudo la gente me
pregunta por qué no uso dos audÃfonos y, sinceramente, creo que el
que llevo tiene suficiente potencia como para compensar el oÃdo que
no tiene audÃfono.
Con la nueva tecnologÃa en constante evolución, hace tres años
tuve la oportunidad de reemplazar mi audÃfono analógico por uno
digital. Fue difÃcil aprender a adaptarme al nuevo audÃfono a causa
de la forma en que mi viejo audÃfono amplificaba los sonidos. El
audÃfono digital es más silencioso y necesité un mes para
acostumbrarme a él, pero lo adoro.
Con el audÃfono digital, los sonidos que se procesan en mi
cerebro son de mejor calidad. Una vez fui a un concierto de rock y
mi mamá me dijo algo en voz alta y le contesté en mi volumen de voz
normal. ¡Olvidé que los demás no oyen como yo! Por supuesto, mi
mamá me pidió que hablara más alto como tres veces hasta que pudo
oÃrme como corresponde.
El futuro
Voy a asistir a la Universidad James Madison en otoño, lo que me
resulta muy emocionante. Tendré la oportunidad de estar en un
ambiente donde no conozco a todo el mundo. Eso significa que tendré
que explicar mi sordera a todas las personas que conozca, incluidas
mis compañeras de habitación.
Cuando sé que voy a estar en un ambiente nuevo, me gusta llevar
el cabello suelto para que cubra mi audÃfono. De esta manera sé que
la gente me tratará como a cualquier otra persona y no me juzgará
antes de hablarme. No me malinterpretes, tengo mucha mayor
seguridad que cuando estaba en la escuela media. No me supone un
problema hablar de mi deficiencia auditiva, y de hecho, prefiero
que me hagan preguntas antes de que hablen a mis espaldas.
Ya he comenzado a prepararme para la universidad: he comprado un
despertador que vibra bajo la almohada. De esta forma seré
respetuosa con mis compañeras de habitación, pero todavÃa me
preocupa lo que haré en algunas situaciones, como cuando una
compañera olvide la llave de la habitación. ¿La oiré llamar a la
puerta? Es cuestión de adaptarse de forma independiente a un nuevo
modo de vida. A menudo me pregunto acerca de las cosas que el
futuro me deparará y si habrá un momento en mi vida en el que podré
oÃr normalmente. Mientras tanto, vivo cada dÃa al máximo y no doy
nada por sentado.
Revisado por:
Robert C. O'Reilly, MD
Fecha de revisión: junio del 2006
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